Se paró el ruido

Este 28 de octubre al anochecer hará veinte años que conocí a Marta.

Hay fechas que uno recuerda porque pasó algo importante. Y hay otras que, con el tiempo, descubres que dividieron tu vida en dos sin que en aquel momento fueras consciente de ello.

Para mí, una de ellas es el 28 de octubre de 2006.

Llegué a aquel día en un momento bastante oscuro.

Todavía estaba en shock por todo lo que había ocurrido durante las semanas anteriores. Había abandonado, casi sin creérmelo, mi proyecto en Italia y, cuatro días después, empezaría a trabajar en la empresa de mi padre. Curiosamente, una de esas cosas que durante años había dicho que nunca haría.

Entre semana, los días se hacían eternos entre salas de espera de hospital, noticias, médicos y pequeñas esperanzas a las que intentábamos agarrarnos. Aquello acabaría convirtiéndose en una larguísima e injusta agonía para mi madre.

Pero no quiero que esta sea una historia triste.

Porque, precisamente en medio de todo aquello, seguían existiendo pequeñas islas donde todavía entraba la luz.

Los amigos.

El fútbol.

Los conciertos.

Las cervezas.

Los sábados por la noche en los que, durante unas horas, todo parecía volver a ser normal.

Aquella noche estábamos en la terraza del Terramar, hoy desaparecido, esperando que Massana subiera al escenario con Corcho.

Después del concierto todos querían seguir de fiesta.

Yo no.

Mi plan era bastante menos emocionante: volver a casa, poner algo de música, tumbarme en la cama y perderme durante unas horas mirando el techo entre pensamientos y sueños.

Pero entonces pasó algo inesperado.

La vi llegar desde lejos.

Pregunté quién era.

Abel me dijo que creía que era aquella chica que Massana, Ivu, Carlos y los demás habían conocido en Ibiza.

Y entonces ocurrió una de esas cosas que, contadas veinte años después, parecen ligeramente exageradas.

Pero yo la recuerdo así.

Se paró el ruido.

Todo lo que había alrededor siguió exactamente igual: la gente hablando, las cervezas, las risas, el concierto a punto de empezar…

Pero durante unos segundos todo perdió el enfoque.

Como en Big Fish, cuando Ed Bloom ve por primera vez a Sandra y el mundo parece detenerse a su alrededor.

Solo estaba ella.

Y me pasó algo extraño.

Las noches están llenas de gente. De chicas guapas. Y sinceramente, en aquellos momentos de mi vida yo no estaba precisamente pendiente de encontrar a nadie.

Mucho menos de una rubia alta que, desde mi punto de vista, estaba completamente fuera de mi liga.

Pero pasó.

Supongo que aquello fue un flechazo.

Y llegó precisamente cuando pensaba que mi corazón estaba hecho pedazos.

Entramos al concierto de Corcho y disfrutamos como siempre. Me habían presentado brevemente a Marta y yo había optado por mantener un prudente perfil bajo.

O “chulín”, como dice ella.

La observaba desde cierta distancia mientras valoraba si tenía algún sentido reunir el valor suficiente para acercarme o si aquello acabaría en un bonito y contundente vapuleo.

Durante el concierto apareció además el pesado de turno.

Se acercó a ella con suficiente insistencia como para incomodarla. Una fila por detrás estábamos Abel y yo, contemplando la escena con una capacidad de reacción francamente mejorable.

Marta acabó sacándoselo de encima sola.

Inmediatamente después se giró hacia nosotros:

—Anda que ayudáis, ¿eh?

Y yo, desplegando todo mi talento seductor, contesté algo parecido a:

—Veía que lo tenías controlado.

Ella volvió a girarse.

Y yo me quedé detrás repitiendo mentalmente mi propia frase con una ridícula voz aguda:

“Veía que lo tenías controlado…”

En serio, Albert.

Brillante.

Cuando terminó el concierto dijeron que iban al Bocca.

Y ella comentó que también iría.

De repente, mi maravilloso plan de hundirme en la soledad de mi habitación perdió todo su atractivo.

Le pedí a Julián que me dejara el coche para volver a casa y cambiarme. Julián lanzó las llaves del Golf por encima de las mesas con la solemnidad de quien entrega un Ferrari al aparcacoches y siguió contando sus batallas como si nada hubiera ocurrido.

Abel vino conmigo.

Le dejé una camisa, me afeité, me cambié y nos fuimos directos a la discoteca, donde los demás ya habían entrado. Tiempo después supe que afeitarme no fue la mejor táctica.

Allí Marta y yo empezamos a hablar.

Parecía que flirteábamos.

O quizá yo quería creer que flirteábamos.

Pero después de un rato la conversación se diluyó, volvimos a separarnos y asumí que aquella rubia de coleta alta iba a quedarse exactamente donde había empezado la noche:

fuera de mi alcance.

Al cabo de un rato estaba sentado en uno de los laterales de la discoteca.

Y apareció ella.

Venía de la barra con una cerveza en la mano.

Se sentó a mi lado y me dio las gracias por la cerveza.

Yo no entendía absolutamente nada.

Hasta que miré hacia la barra.

Y allí estaba Julián.

Guiñándome el ojo.

Con esa discreción suya absolutamente inexistente.

Julián, que probablemente jamás me había dado un pase al pie decente jugando al fútbol, acababa de darme la mejor asistencia de su vida.

A partir de ahí las cosas fueron bastante más fáciles.

De aquella cerveza pasamos a hablar.

De hablar, a salir fuera de la discoteca.

Y de allí…

a aquel primer beso.

Después llegaron Badalona, Sant Cugat, el Augusta, las bravas, aquel restaurante chino que sigo defendiendo que era bueno aunque Marta discrepe, viajes, discusiones, risas, cambios de rumbo, una vuelta al mundo y unas cuantas vidas dentro de la misma vida.

Y ahora también una pequeña personita que ha puesto nuestro mundo patas arriba y lo ha llenado de una felicidad difícil de explicar.

Han pasado veinte años.

Con momentos maravillosos y otros mucho más difíciles.

Pero aquella escena sigue guardada en algún lugar de mi cabeza con una nitidez sorprendente.

Por eso he querido escribir esta canción.

Para congelar aquellos pocos minutos en los que, sin saber absolutamente nada de lo que vendría después, se paró el ruido.

Se paró el ruido — Albert Hermid

[Intro]

Dicen que hay noches
que pasan sin dejar huella.

Y luego están esas
que te cambian la vida
sin pedir permiso.

[Verso 1]

Éramos los de siempre,
con el fútbol todavía en las piernas.
Una terraza llena,
Corcho afinando las guitarras,
Massana preparando la batalla
y nosotros creyendo
que sería otro sábado cualquiera.

Abel soltando alguna de las suyas,
Julián con las llaves del Golf en la mano,
las mismas caras,
las mismas risas,
la misma historia
de todos los fines de semana.

Hasta que apareciste tú…

[Pre-Estribillo]

No sé quién saludaste.

No recuerdo
qué canción sonaba.

Solo recuerdo
que todo alrededor
perdió el enfoque.

[Estribillo]

Y de repente
se paró el ruido.

Toda la ciudad
seguía cantando,
pero yo
ya no escuchaba nada.

Una camiseta blanca.

Una coleta al viento.

Y un instante
que todavía
sigue durando.

[Verso 2]

Pensé que estabas
demasiado lejos de mí.

Aun así
seguí esa luz
como una polilla
que no entiende
por qué se acerca al fuego.

Volví corriendo a casa.

Una camisa.

Un afeitado
que luego descubrí
que daba exactamente igual.

Porque nunca fue eso
lo que viste.

[Pre-Estribillo]

Y entonces llegó
el pesado de turno.

Te lo quitaste de encima
y viniste hacia nosotros:

“anda que ayudáis, ¿eh?”

Yo respondí:

“veía que lo tenías controlado”.

Y mientras te girabas
pensé:

Albert…

eres idiota.

[Estribillo]

Y de repente
se paró el ruido.

Entre toda la gente
acabaste
hablando conmigo.

Las bromas empezaron.

Las sonrisas también.

Y sin saberlo
el partido
acababa de empezar.

[Puente]

Luego vino
la mejor asistencia
que Julián me dio
en toda su vida.

Nunca me puso
un pase al pie
jugando al fútbol…

Pero aquella cerveza…

Aquella cerveza sí.

Nos volvió a juntar.

Luego vino la calle.

Y de la calle…

aquel beso.

[Puente II]

Después llegaron
Badalona,
Sant Cugat,
las pullas de siempre,
el Augusta,
las bravas,
el chino
que todavía juro
que era bueno.

Y tú diciendo
que vaya primeras citas…

Quién iba a decirme
que detrás de aquellos bares
me esperaba
una vida entera.

[Último Estribillo]

Y de repente
se paró el ruido.

Han pasado los años,
pero cierro los ojos

y sigo viendo
aquella terraza.

Corcho sonando.

Los de siempre.

El concierto empezando.

Y tú cruzando
entre toda aquella gente
como si el destino
hubiera decidido
llegar un poco tarde.

[Outro]

A veces pienso…

que aquella noche
no encontré
al amor de mi vida.

Encontré
la vida
que estaba esperando.

Y todo empezó…

como empiezan
las mejores historias.

Con unos amigos.

Un concierto.

Y una cerveza.

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